LOS LOCOS DE LA GUERRA

Los personajes alucinados eran una constante. Miriam Lewin narró una visita a la ESMA del coronet Roberto Roualdes, de quien teóricamente dependía ese centro, como jefe de la Subzona Capital. “Tenía la mirada perdida. Se acercó a una chica y le acarició la cara. ¿Que edad tenés? le pre- guntó. Veintisiete, dijo ella, La misma que tendría mi hija si viviera dijo él.” Según Lila Pastoriza “el Tigre Acosta era un insomne. Capaz de despertamos a las cinco de la mañana para contarnos un proyecto que le parecía genial”. Cuando su nombre figuró como desa- parecida en una solicitada, Acosta se in- dignó. “Decía que no estaba desapareci- da porque comía todos los días.” Graciela Daleo contó que el pretecto Fabre despertaba alos presos para hacer- les una broma. Les quitaba la capucha y se les presentaba con una careta de Fran- kestein. Cuando la torturaban, Daleo reza- ba en voz alta. Se le corrió la capucha y pudo ver que su interrogador llevaba al cuello un crucifijo y una medalla de la Vir- gen Milagrosa. A Carlos Muñoz le transmi- tieron una directiva secreta: falsificar dine- ro chileno para hundir la economía del o pu