La junta militar decidió expulsarme del país

tenían y que era tan difícil absor- ber con un diario. Incluso ninguno de los periodistas quería venir a Tribunales a representar a La Opinión y registrar los habeas corpus. Por fin los muchachos encontraron un voluntario. Estuvo un día y no quiso venir más. No quise saber el nombre y tampoco volvió más al diario. Creo que una hermana de él desapareció o una historia así, muy difícil... Presidente: _¿Como conse- cuencia de esa intervención? Timerman: -No sabría decirle porque trabajó muy poco para nosotros. Era muy difícil buscar información. No nos recibían, no nos atendían. - Estuve una vez con el general Viola a mediados de 1976 -quizás agosto, y fui con el cronista mi- litar de La Opinión, que luego fa- Heció, Heriberto Kahn. Kahn es- taba muy enfermo y no podía des- plazarse bien. Ese día, en la se- eretaría de Guerra. el edificio es- taba sin ascensores, había un corte de luz, de modo que no podía subir al quinto piso donde estaba Viola y entonces estuve solo. La discusión era siempre la misma. Tenemos que hacer un esfuerzo: tenemos que sacrificarnos: no pasan todas las cosas que ustedes dicen. Tam- bién era muy difícil decirle al ge- neral Viola: a éste lo torturaron, a éste lo tiraron al río. Pero 1mo hacía esfuerzos dialécticos para explicarles que había una posibi- lidad mejor para la Argentina, que se podían hacer las cosas de otro modo, que el pueblo había acep- tado la hucha contra la subversión y contra la corrupción. Era total- mente imposible, estaban jura- mentados. La única vez que alguien me habló claramente de algo que ha- bían hecho fue el capitán Bonino, porque en esos días había habido un intento de envenenamiento de oficiales en el edificio de la Ma- rina, y Edgar Bustos le preguntó: ¿Agarraron al culpable? El res- pondió: Sí: Le presuntó: ¿Qué hi- cieron con él? Contestó: Lo tira- mos al mar. La única vez que es- cuché taxativamente de alguien describir un episodio de esa na- turaleza. Por ejemplo, cuando desapareció un periodista de La Cpinión, que era un político uruguayo, Zelmar Michelini, re- currí a Ricardo Yofre, le escribí una carta abierta al presidente de la República, y Ricardo Yofre me insistió en que ellos no eran. Yole dije que sí, que era el Ejército olas fuerzas de seguridad, que si no no hubiera desaparecido. Luego, cuando apareció el cadáver de Zelmar Michelini en el coche, me dijo: Vio Timerman, fueron los subversivos. Yo le dije algo así como: Lo que usted me dice es una insolencia macabra, porque fue- ron ustedes. Después creo que nunca más hablé con él. No había forma de penetrar, Una vez invité a almorzar a Ri- cardo Yofre y al teniente coronel Mallea Gil, y les dije que había que encontrar una fórmula por la cual existiera una aceptada estructura legal en este país, y que si eso se- producía y la gente llenaba las cárceles en vez de desaparecer. yo me comprometía a traer al país a Raymond Aron, y estaba conven- cido de que él iba a apoyar eso, y que iba a haber conciencia por lo menos de los sectores de derecha o conservadores en el mundo de aceptar una Argentina en la cual hay un régimen dictatorial duro, pero que está encuadrado dentro de cierta legalidad. Y no había forma de penetrar; no había nada que hacer. Presidente: -¿Qué respuesta obtuvo? , Timerman: -Que lo iban a es- tudiar, que eso no ofrecía garan- tías, que Raymond Aron después iba a decir otra cosa, pero que . evidentemente no estaban en condiciones de tomar una decisión elios. Les dije que consultaran, porque yo realmente quería lla- mar a Raymond Aron, quien luego participó mucho en mi libertad, y me dijeron que no lo llamara. Presidente: -Si concluyó conel aspecto periodístico, volvamos a Puesto Vasco. Timerman: _El problema en Puesto Vasco, además de los inte- rrogatorios qué me hacían ahí, era que prácticamente día por medio me llevaban a la jefatura de Poli- cía para que me interrogara Camps, quien me interrogó varias veces, a veces en presencia de los Graiver. - Presidente: ¿Había algún in- grediente más o algún objeto más? Timerman: Siempre era La Opinión y qué era La Opinión. Me obligaban a describir La Opi- nión. Me dicen: Diga que es un dia- rio subversivo; pero no lo era, y así estábamos peleando. Una vez, toda una tarde de domingo, con un oficial al que llamaban Trimarco, cuyo nombre real es Varela, y el doctor Bergez que me dijo: Sea realista, diga las cosas que le piden porque si no le inyecto algo y usted va a hablar sin fin todo lo que nosotros queremos. Siempre el tema era cuál era mi participa- ción en la actividad política, a quién estaba ligado y qué era el diario La Opinión. Y tuvimos que negociar palabra por palabra. Yo estaba muy mal, así que por fin sobre dos temas llegamos a una conclusión. Esa tarde vino un ex- perto en filosofía marxista que por las cosas que decía era aparente- mente un redactor de la Revista Cabildo. Llegamos a dos conclu- siones que me aceptaron. Uno, yo no aceptaba decir que era comu- nista y no aceptaba decir que era marxista. Es imposible que yo acepte eso, y además es ridículo, porque desde mi más tierna in- fancia pertenezco al movimiento socialista. Puedo ser socialista sionista pero nunca comunista o marxista. Entonces yo decía: yo uso el materialismo dialéctico para interpretar las contradic- ciones de la realidad y de la ac- tualidad. Eso les pareció sufi- ciente y lósicamente eso lo firmé. En esas condiciones se firman muchas cosas. Presidente: -¿En qué género de actuación le pedían esa decla- ración? _ Timerman: -Se grababan y después yo las tenía que hacer manuscritas. Eran interrogatorios de todos los días. Presidente: _¿Pretendían su publicación? Timerman: -No lo sé. Lo otro que no acepté y que exigían que dijera fue que el diario era comu- nista. Tampoco era gente de muy alto nivel intelectual. Entonces llegamos a una fórmula concilia- toria bastante ridícula: que el diario era conservador en econo- mía, moderado en política inter- nacional -centrista y de iz- quierda en la parte cultural Se enamoraron de esa fórmula como el producto de una mente satánica. Porque toda la relación de ellos con la realidad es una relación con la lucha contra Satanás, y entonces creían que mi mente satánica había podido inventar ese tipo de teoría. Tiempo después esas hojas manuscritas me fueron presen- tadas por el general Gallino, ofi- cial preventor del caso Graiver, quien me interrogó en presencia de dos personas en el Departa- mento Central de Policía. Me mostró esas actas y yo le dije que fueron obtenidas bajo torturas. Las miró y dijo: Yo creo que aquí la letra es muy firme, no se nota que a usted le haya temblado la mano. Y no aceptó mi denuncia. Ahí también fue increíble el diá- logo, porque una de las cosas: que me censuró es que, en mi adoles- “ cencia, a los 20 años, caí preso en un festival de apoyo a las naciones aliadas en la guerra. Yo le dije: ina mal ninmadn xn ddín INIA quería, que estuviera del lado nazi? Bueno _me dijo, yo a la institución que usted pertenecía no pertenecía en mi juventud. No le dije lo que tendría que haberle dicho: que él era un nazi. Ahí aparecieron esas hojas. Presidente: _¿En qué fecha ocurrió eso? Timerman: _Debe haber sido agosto de 1977, probablemente. En el Departamento Central de Policía sufrí muchos vejámenes. Una vez me tuvieron dos o tres días atado a una escalera de pintor, al lado de la peluquería, sin comer y dándome sólo agua... Presidente: -¿Usted sale de Puesto Yasco? Timerman: En Puesto Vasco estoy siempre, pero me llevan y me traen a la Policía. Una vez me de- jaron dos o tres días atado a una escalera porque estaban refac- cionando un lugar en el subsuelo, debajo o muy cerca del despacho del coronel Camps, y por donde veía pasar mucho al comisario Etchecolatz. Un día el peluquero me dijo: No se puede dejar morir de hambre a un hombre, que es una curiosa aproximación de la Policía a lo que es la nutrición de un sér humano, Me dieron algo y fue lo único que comí en varios días. Después a Puesto Vasco, tuego al Departamento de Policía: de ahí fui sacado en junio. Llegué el 25 de mayo y a fines de junio fui sacado para Coti Martínez. Volví en junio al Departamento de Po- licía. Una vez me llevaron a verlo a Harguindeguy a la Casa Rosada, porque Patricia Derian había llegado al país y había protestado ante Videla por lo que estaba ocurriendo. Por eso fuialaCasade Gobierno. Le pregunté por qué “estaba preso y me dijo: No se preocupe, usted no es subversivo. Yo le pregunté: Si no soy subver- sivo, ¿qué estoy haciendo acá? Me respondió: Bueno, usted es sio- nista y todas esas cosas son muy difíciles de explicar. - A la semana siguiente me vol- vieron a llevar a la Casa de Go- bierno porque había llegado un miembro del Congreso de los Es- tados Unidos, Benjamín Guilman, conservador y republicano, queno tenía inconvenientes en apoyar al gobierno argentino, pero que no entendía por qué yo estaba preso. Me presentaron a él, pero me ha- bían amenazado antes de salir del Departamento de Policía, y habían amenazado a mi familia si decía lo que estaba ocurriendo. Entonces le dije que yo era inocente, pero no denuncié las torturas. Estuve hasta setiembre de 1977 en el Departamento de Policía. Me llevaron a la cárcel de Magdalena y nuevamente sufrí vejámenes de distinto tipo. Luego el Consejo de Guerra declaró que no había car- gos contra mí, a pesár de lo cual volví al Departamento de Policía. ' Después, por una cosa miuy for- tuita, me trasladaron a arresto domiciliario. La señora Amalia Lacroze de Fortabat, en París, trataba de convencer a Raymond Aron para que viniera a la Argen- tina y Raymond Aron dijo: Mien- tras Jacobo Timerman esté preso no voy airala Argentina. El le dio una carta para Videla y ella la llevó al presidente. Eso motivó que yo pasara a arresto domici- liario. Ahí estuve un año y medio en mi casa, con. policías viviendo dentro del departamento, muchos en el edificio, hasta que la Su- prema Corte no encontró -creo que en setiembre del 79 motivos para tenerme preso, Sin embargo, en vez de notificar a mi abogado, el deetor Genaro Carrió, lo notificó a la Junta Militar. No me notificó a mí, y la Junta Militar decidió ex- pulsarme del país y retirarme mi ciudadanía. Me llevaron en heli- cóptero a Ezeiza y ahí partí. Lo PHITINEA Nara antandar min nan la rrupción de un gobierno que ate- moriza a sus ciudadanos, es que por ejemplo el filósofo argentino Víctor Massuh, embajador de la Argentina ante la UNESCO, cuando mi mujer le informó a Raymond Aron que yo estaba de- saparecido, él llamó a Víctor Massuh. Este le garantizó que yo estaba en libertad, con lo cual Raymond Aron escribió una carta a mi mujer alegrándose mucho; y era mentira. Decidió venir a la Argentina para ver mi situación, pero se enfermó gravemente y un par de años después murió, - Presidente: ¿Cuáles eran las condiciones de su cautiverio en Magdalena y en Coti Martínez? Timerman: -En Magdalena las celdas eran individuales, cerradas todo el día e incomunicadas. Nos sacaban una hora por día al patio para tomar sol, pero eso dependía de la voluntad del oficial de gen- darmería de turno. Había uño que nos llevaba a las siete de la ma- ñana para que no pudiéramos tomar sol Presidente: -¿Torturas no hubo? - Timerman: No, no hubo gol- pes ni nada. Había situaciones muy peculiares que escapaban al sistema de represión y tortura. En Puesto Vasco, cada vez que me sacaban para interrogarme, ir al baño, afeitarme, había un policía que me golpeaba muchísimo, y un día en un diálogo pregunté por qué me golpeaba tanto. Me dice en tono amable: Mirá, hay cosas .que hay que entender; no le gustan los judíos y cuando ve un judío lo golpea. Lo terrible de esto es que el policía no golpeaba judíos. Lo terrible es el estado de ánimo co- lectivo de que a un judío se lo - podía golpear. Era bastante alu- cinante todo eso. De noche había un guardia que tocaba la guitarra y componía sus propias canciones. Un día, por desesperación, le elogié las can- ciones, y me dijo que las escribía él mismo. Le digo: Mirá, tenés que ir ala radio. Me respondió: No sé como llegar. Entonces yo le dije: Te voy a recomendar. Andá avera Mario Diament, secretario de re- dacción de Clarín, y explicale que querés que escriba un artículo. Yo como para mandar alguna señal a Mario Diament. Este tipo fue y le dijo: Yo lo tengo a Jacobo; me dijo que te vea para que escribas un artículo sobre mis canciones. Es decir, hay cosas que no se pueden creer porque son demasiado alu- cinantes. - Una noche se abre la puerta en Puesto Vasco y un tipo me pre- gunta cómó se escribe lobby en inglés. Y me explicó: Porque es- tamos luchando contra el lobby judío. Ahí, en Puesto Vasco, donde estábamos todos podridos, cu- biertos de mierda hasta la cabeza con una manga de locos! ¡Y estos estaban pensando en la tercera guerra mundial y cómo luchar contra el lobby judío y el lobby de Wall Street! ¿Usted se da cuenta de que estábamos todos indefen- sos ante esa manga de locos? Presidente: -¿En Coti Marti- nez? s Timerman: _Ahí creo que es- tuve veinte días, a veces cambiaba la situación. Estaba esposado y de pronto me dejaban ir al baño de los oficiales, que era un pequeño baño pegado al dormitorio de ellos. Ahí lo vi una vez a Miralles, lo vi esposado. Mi habitación, la cama donde yo estaba, quedaba a cinco o seis metros de ese dormi- torio, por eso yo podía escuchar cuando lo torturaban a Miralles y cuando gritaba: ¡Por favor, má- tenme!, ¡Por favor, mátenme! Presidente: -¿A qué Miralles? . Timerman: -A Ramón Mira- lles A ntra nerenna mie Wi fue a de los oficiales. Aparentemente no querían que se lo viera a Perrota. Algunas veces yo escuchaba: Traiganal periodista, y yo pensaba que hablaban de mí. Una noche empezaron a limpiar todo y a prepararse para una gran fiesta. Yo oí decir eso porque estaba en esa habitación, allí donde estaba la, la oficina de los oficiales, de la administración, y oí que venía gente de Campo de Mayo. Decían: Preparen todo para los coroneles. Tenían tres chicas muy hermosas para usarlas sexualmente y las usaban en la fiesta. Pero yo es- taba justo en el lugar al tado del, pasillo que daba a la puerta, de modo que veía quién entraba y quién salía, a menos que me ven- daran, pero escuchaba. Escuché cómo lo torturaban a Perrota. En- tonces me sacaron de ahí, y, por error, uno de los guardias dijo: Llévenlo a la celda de las chicas. Entonces me llevaron a una pe- queña celda que había sido de las chicas pero a ellas las habían mo- vido a otra. Y esa estaba reservada para Perrota. Estando yo solo entró Perrota lo conocía desde mucho tiempo atrás y estaba completamente loco, muy gol- peado, desvariaba, me dijo: Tengo frío, me levantaron en la calle, necesito una latita para orinar, Esas eran casi las únicas cosas que decía. Después dijo: Parece que hay fiesta; deben estar con las chicas gozando una linda fiesta. A las tres horas o quizás cuatro se abrió la mirilla y alguien dijo: Se equivocaron. Abrieron la puerta, me sacaron y me llevarona otra celda donde realmente había dos chicas. Habían cometido un error. A la madrugada, ya termi- nada la fiesta, me volvieron al lugar donde correspondía, y un teniente Roma seguramente era un seudónimo me dijo: ¿Lo re- conoció? Y claro, en esos lugares es muy peligroso mentir porque daría la impresión de que uno tiene doble intención. Entonces le dije: Sí, era Perrota. Me contestó: No lo digás nunca porque nos matan a ves y a mí. Sin embargo, cuando vino la Comisión Intera- mericana de Derechos Humanos y Tom Farer vino a mi casa, a mi arresto domiciliario, le dije que había visto a Perrota, que decían que estaba desaparecido. El me pidió no registrar eso porque yo estaba preso, que era muy peli- groso hacer esa denuncia en ese momento, De todos modos la hice consignar. Uno a veces siente la necesidad de ejercer cualquier posibilidad de castigo contra estos asesinos. Presidente: -¿Vio a otros de- tenidos en alguno de los lugares donde estuvo, aparte de los que mencionó? Timerman: -En Coti Martinez via Ramón Miralles y a sus hijos. Presidente: ¿Lo conocía? Timerman: -No; después supe quiénes eran. . Presidente: -¿Los nombres de los hijos de Miralles? Timerman: -No los recuerdo. “Después los encontré nuevamente en Puesto Vasco. Estaba un mi- nistro de Obras Públicas, había un grupo de la provincia de Buenos Aires, estaba Perrota, estaba Bercovich, Gramano o algo así, había un muchacho que le decían Carlitos y había uno de apellido Taboada o Taborda, levantador de juego, un hombre dedicado a se- guros, que le decían doctor Ange- lito, Viadiminski o algo parecido. Después los encontré a todos ellos en Puesto Vasco, Presidente: -¿Sabía por qué estaban detenidas estas personas de la provincia de Buenos Aires”? Timerman: Yo estaba siem- pre muy aislado de todos los -gru- pos. Ellos estaban en celdas que .compartían; que en invierno era muy importante porque se daban alar mautiamanto A mímatanían Timerman: _Ahí creo que es- tuve veinte días, a veces cambiaba la situación. Estaba esposado y de pronto me dejaban ir al baño de los oficiales, que era un pequeño baño pegado al dormitorio de ellos. Ahí lo vi una vez a Miralles, lo vi esposado. Mi habitación, la cama donde yo estaba, quedaba a cinco o seis metros de ese dormi- torio, por eso yo podía escuchar cuando lo torturaban a Miralles y cuando gritaba: ¡Por favor, má- tenme!, ¡Por favor, mátenme! Presidente: -¿A qué Miralles? . Timerman: -A Ramón Mira- lles. A otra persona que vi fue a Rafael Perrota, por un problema