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Lo mejor que nos está pasando

No era posible construir una democracia sobre bases de iniquidad. Criminales impunes, historia falsificada, testigos mudos, robarían todo sentido al progreso que pudiéramos con- seguir. Era inevitable pasar por esta macabra revisión, porque añadir ala miseria social una amnistía (0 mejor, amnesia) acabaría por convertirnos en un pueblo de eternos culpables. Eso haría utópico el “Nunca más”, según el axioma dostoievskiano: “La cul- pa precede al delito". Es imposible crecer acosados por aquellos fantasmas que, como dijera confidencialmente un al- mirante en París: “cometimos el pequeño error de enterrar sin identificar”. “Pequeño error” que ni siquiera cometieron los nazis, que redactaban maniáticos inventarios de las víctimas y sus pertenencias. Los nazis, que no pregonaban una religión que considera abominable no ente- rrar en sagrado. Y todas las cul- turas primitivas nos enseñan que es precaria la paz entre los vivos mientras no reine también para los muertos. Y es imposible pasar de largo ante las víctimas sobrevivientes porque nos transformaríamos (¿no lo somos ya?) en un vecinda- rio de zombis, culpables por dis- tracción y falta de solidaridad. Era necesario el boato, los mi- ramientos, toda la majestad de la Justicia para tratar a los autores de la peor barbarie de nuestra historia, perpetrada en mazmo- rras, chupaderos o sucias co- rrientes. Esta lección cívica es lo mejor que nos está pasando. Aunque las angustias económicas nos distraigan de otras ganancias, ser espectadores comprometidos con este acto histórico empieza a redimirnos de habitar un sórdido lodazal. El cuadro formal de la Justicia pone en caja a la. prepotencia. Algunos acusados mienten con cinismo pero va no pueden usarla amenaza ni vociferar la orden verbal. Esa precisión de lenguaje, ese rigor del interrogatorio son didácticos y a la larga impreg- narán nuestros modales políticos. ! Por eso, fuera del Juicio, muchos matones agoreros y deslenguados se retractan, deben asumir las réplicas o la querella. hasta que el reiterado estilo pendenciero caiga en oídos sordos y final- mente en desuso. Sumergirnos en el horror que se nos revela día a día es un rito de purificación, una dolorosa forma de patriotismo en la que deberíamos emplear nuestras maltrechas energías como plega- rias para que la justicia triunfe y permanezca. ¿Qué otra cosa podremos Jegar? Somos pobres de todo menos de conciencia moral. “ María Elena Walsh es poeta y cantautora. En el campo de la cultura fue una de las críticas más ácidas del Proceso, a! que responsabilizaba de tratar al país roma un dardín de infantes